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Del sello físico al energético. El viaje a la propia identidad.

Hace unas semanas, recogiendo la habitación, encontré mi sello de la Primera Comunión. Cosas de la vida, ayer acudí como invitada a una comunión y, por ello, decidí ponérmelo. Mientras lo observaba, me quedé reflexionando en su significado. Nuestras iniciales como impronta de nuestra presencia física. Nunca había pensado en su simbología, esas dos iniciales grabadas hablan de mí, de mi pertenencia, de mi identidad. Es un sello físico y, a su vez, es un sello energético.

Alguien pensó en mi nombre antes de que yo existiera. Antes de conocerme, ya había un nombre esperándome. Hay algo sagrado en elegir cómo se llamará una vida.

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Camino hacia uno mismo

En algún momento, perdemos nuestro punto de referencia. Las expectativas de afuera pesan demasiado y nada o muy pocas cosas nos producen satisfacción interna. El camino se desdibuja, podemos sentirnos perdidos llenos de nuevas preguntas para las que no encontramos respuesta. Nos miramos al espejo y evitamos sostener la mirada a un ser que ya no reconocemos. Es ahí, cuanto toca cambiar la brújula y recordar. Volver a mirar la vida con los ojos de la infancia, rescatar lo que nos hacían vibrar y regresar, por fin, a nuestro verdadero hogar: nosotros mismos.

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Ordenar recuerdos, ordenar el corazón

Abrir un cajón, como gesto cotidiano, también es abrir una puerta al pasado. Hoy, con la excusa o motivo del cambio de temperaturas me puse a abrir armarios y cajones y echar un vistazo a todo lo que iba guardando ahí desde hace tiempo. Siempre dicen que ordenar la casa, es ordenar tu mente y estoy de acuerdo, ciertamente opera como una terapia en sí. El acto de sacar objetos, revisar su estado y funcionalidad, limpiar, desechar y volver a guardar lo que es útil, nos aporta conocimiento real de lo que tenemos, claridad mental y bienestar.

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Paseo Consciente

Desde siempre, cuando salía a la calle, acostumbraba a ponerme unos auriculares y escuchar música. Todo lo hacía con música. Ir a comprar, a pasear, ir al trabajo o dirigirme a un punto de encuentro con amigos. Era impensable hacerlo sin escuchar algo. Acompañarme de mis canciones favoritas era algo así como un ritual de empoderamiento hasta que llegaba al lugar donde quisiera que me dirigiera.

Era un hábito bien arraigado, sea cual fuere el estado de ánimo de ese momento. Con el paso del tiempo, fue variando el dispositivo electrónico, comencé caminando con walkman de pilas en mano con cassete grabado de radio, después pasé a una miniradio, pasando por Mp3 que luego fue un Mp4 y terminando escuchando desde teléfono móvil. El gesto de siempre escuchar algo de música era también mi refugio emocional, las canciones se convertían en ese detonante que necesitaba para sentirme peor y llorar, normalmente creyéndome víctima de algo o alguien y dándome pena a mi misma.

Y estaba bien.

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